La carta de la hermana de Emiliano Sala tras intentar quitarse la vida

Romina Sala, hermana de Emiliano Sala, el futbolista argentino que murió el enero de 2019 luego de que el avión en el que viajaba se estrellase en el Canal de la Mancha, recibió el alta tras permanecer internada una semana en estado crítico por un intento de suicidio.

El pasado martes a la madrugada, una amiga de Romina la encontró totalmente desvanecida en su vivienda de la calle 4 de enero al 2900. La joven de 29 años tuvo que ser internada de urgencia tras su intento de quitarse la vida y su situación de salud fue crítica.

Una semana después, tras recibir el alta médica, compartió una conmovedora carta en sus redes sociales, reflexionando sobre su situación emocional y la salud mental.

“No siento angustia. Ya no. Siento la posibilidad que me abre la vida de ser consciente de lo que voy a elegir para seguir viviendo con un paisaje diferente”, expresa en una de las frases del escrito que publicó en Instagram.

Romina es instrumentadora quirúrgica y tiene un hijo de dos años. Fue la primera en viajar a Europa tras conocerse que la avioneta en la que viajaba su hermano Emiliano desde Nantes a Cardiff había perdido contacto el 21 de enero. Los restos de la aeronave se encontraron en el Canal de la Mancha el 3 de febrero y el 7 el equipo forense confirmó que los restos hallados en el interior pertenecían al futbolista argentino. Tenía 29 años.

La carta de Romina, la hermana de Emiliano Sala

“Los días que pasaron, un suceso personal me sacó los pies del camino que había elegido caminar. Como alguna vez dije, la vida es imparable y la única cosa que nos queda frente a esa potencia, es frenar la marcha, cambiar la dirección de nuestras alas y volar a favor del viento que se dio vuelta en el medio de su propio viaje.

Una de las cosas que frenaron junto con mis pies, fue mi cabeza. Podría pensar que se quedó vacía y no estaría pensando de manera equivocada. Trato de buscar los conceptos que tenía adentro y ya no me sirven.

Las metas que tenía hace una semana ya no quedan en el mismo lugar. Mis prioridades y las causas que las sostenían, se cayeron como un mazo de cartas.

Y la palabra control dejó de existir en mi diccionario. Nada queda donde estaba antes, porque cuando un hecho inesperado irrumpe, no solo ya no hay nada: tampoco hay un antes.

Un día, todo, parece empezar otra vez. Un día tenemos que empezar otra vez.

No siento angustia. Ya no. Siento la posibilidad que me abre la vida de ser consciente de lo que voy a elegir para seguir viviendo con un paisaje diferente.

No me pasa solo a mí. Cada uno de nosotros se choca una vez con un golpe que nos rompe las estructuras y nos demuestra que no estamos hechos de porcelana.

Plastilina. Mi cuerpo es de plastilina. Mi piel es de plastilina. El mundo es de plastilina.

Me toca reinventar un nuevo camino. Arremangarme otro buzo, en otras manos, de una vida que es cualquier cosa menos estable y quieta. Y no está mal.

La hostilidad del mundo me golpea cada dos por tres y me vuelve a centrar en otro centro: no es así como tenemos que vivir. No es así como quiero vivir. No es así como hay que vivir.

De a ratos caigo en la trampa y me veo queriendo cosas que son eso: cosas. Y por suerte, una nueva piedra en la cabeza me recuerda que no necesito nada en forma de objeto para ser feliz.

El mundo viene con paquetes de regalos que nunca abrimos porque nunca nadie nos dijo que eran nuestros.

Tocarnos – Olernos – Mirarnos – Escucharnos – Probarnos – Amarnos – Cuidarnos – Abrazarnos – Disfrutarnos. Elegirnos. Vivirnos”.

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